Elogio del silencio y de la lentitud

13 diciembre, 2010 § 4 comentarios


En aquel lejano tiempo futuro, cuando “la inmensa mayoría” de los seres humanos vivían estresados por la velocidad, por la rapidez desesperante de los sistemas y las exigencias,  por la urgencia implacable de los plazos, de las ineludibles fechas de vencimiento, de las férreas metas por cumplir, algunos hombres y mujeres sacaron el pie del acelerador del tiempo y de las horas, y decidieron vivir una vida natural.

En algún momento de aquellos tiempos vertiginosos y acelerados, los seres humanos se preguntaron si  en realidad son felices o no… y sucedió que la palabra “felicidad” les produjo temor…

Aquellos humanos decidieron vivir y ser felices en la lentitud de los procesos naturales, en la calma de las conversaciones tranquilas, en el silencio de la reflexión, en la tranquilidad de la lectura meditada, en la búsqueda interior del mundo exterior sin necesidad de mediadores tecnológicos,  en la necesidad profunda y cada vez más acuciante de tanta reflexión necesaria antes de tomar decisiones apresuradas.

 Decidieron entonces que los recursos tecnológicos  -esa barahunda insoportable e invasora de aparatos y dispositivos– debían utilizarse como herramientas accesorias y meramente supletorias para comunicarse, para entenderse y para integrarse, y no más como máquinas alienantes creadoras de dependencia y de sujeción.   Llegó así el tiempo de la tranquilidad.

 Entonces esos seres humanos, generalmente instalados en la cultura de la provincia, del barrio, del hogar familiar, del pueblo y de la vida rural, caminaban y se detenían a saludar a los amigos, meditaban caminando al tiempo que marchaban meditando, se permitían una pausa cuando otros se apresuraban, daban riendas a la sonrisa y a la alegría, hacían su trabajo sin esperar la sanción controladora del jefe… iban lento para que la velocidad no los mate, iban despacio para no perder contacto con la humanidad, iban en silencio para escuchar todas las voces…

Sintieron los humanos que el silencio y la calma, les llevaban hacia la libertad, mientras que la velocidad y el ruido los sometían a la tiranía casi invisible del control, de la vigilancia y de la dependencia.  Qusieron entonces sintonizar el silencio.

 El silencio fue así una atmósfera abierta, de calma, de tranquilidad apacible, de conversación y de encuentro, de encuentro de las miradas y los rostros, de convergencia de las personas y los seres, de abrazo y reencuentro con la naturaleza y sus ritmos naturales y cíclicos.  Aquellas ciudades aceleradas y basadas en ritmos veloces de vida, se volvieron gradualmente ciudades lentas, es decir, ciudades  a escala humana y dignas de ser vividas.

 Desaparecieron entonces casi como por arte de magia … esos  sujetos enfermos que pasan corriendo desgarrando la noche de la calle con sus motocicletas a 100 kilometros por hora a las 4 de la mañana del día sábado … esos automovilistas desesperados que corren con sus tubos de escape resonantes … esos gritos e insultos mutuamente proferidos en las esquinas congestionadas del centro urbano … esos cortadores de pasto con sus máquinas infernales de desmalezar interrumpiendo la siesta de los seres humanos … esos celulares imprudentes sonando en medio de la misa, del concierto, de la sala de clases o de la reunión … esos  desesperados jefes gritando a sus empleados por el incumplimiento del horario y de las metas … desaparecieron los relojes que intimidan al tiempo, las alarmas que anuncian castigos y limitaciones…

En esa cultura del siencio y de la lentitud que se les iba haciendo cada vez más cómoda, más vivible y menos estresante, los humanos se buscaron a sí mismos

 … y entonces comenzaron a ser felices…

 Manuel Luis Rodríguez U.

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