Una cosa es la izquierda y otra cosa es el progresismo

13 abril, 2010 § 1 comentario


Después de la derrota presidencial de la Concertación e incluso durante la campaña presidencial reciente, el debate en torno al rol y posiciones de la izquierda y del progresismo atravesaron el firmamento político chileno, sin que se hayan adoptado posturas definitorias.  Las campañas de Jorge Arrate, Alejandro Navarro, Marco Enriquez Ominami e incluso de Eduardo Frei Ruiz Tagle, dieron cuenta, desde sus propias perspectivas programáticas y sus propias geometrías políticas, de este tópico y bordearon el enfoque progresista.

ZONAS DE DIFERENCIAS Y DE COINCIDENCIAS

El tema y el debate sigue abierto. Postulamos aquí que una cosa es la izquierda y otra es el progresismo.

Hay quienes podrían optar por limar las diferencias y hacer aparecer las zonas de coincidencia y los puntos de encuentro que pudieran conectar -en la política real y en la coyuntura inmediata- aquello que los asemeja.  Somos en cambio de quienes consideramos que para que las coincidencias se conozcan y reconozcan, la izquierda -en realidad, las izquierdas- deben constantemente poner en evidencia lo que la diferencia, para desde la diversidad construir  los caminos y puentes necesarios.

APROXIMACIONES IDEOLÓGICAS Y POLÍTICAS AL PROGRESISMO

El progresismo, ingente diversidad de lecturas, de ideologías y de abordajes de la realidad política, actores, grupos, tendencias y movimientos de diversa organicidad, parece hoy intentar una y otra vez articularse alrededor de sus propios conceptos y creencias.  Cuando se habla de progresismo y de progreso, se trata de conceptos ideológicos de aplicación genérica, que agrupan doctrinas filosóficas, éticas y políticas identificables de un modo amplio con el ideario liberal entendido como los principios y valores ilustrados en los que se basaron la Revolución Americana de 1776 y la Revolución Francesa  de 1789: libertad, igualdad y fraternidad.

En términos sociales, el progresismo tiende a ser identificado con la lucha por las libertades individuales.  El progresismo actual defiende (aunque no es el único defensor…) de nuevos tipos de libertades como las ligadas a las identidades sexuales, el aborto, así como la defensa de la tierra y los derechos de los animales en el ámbito del ecologismo y el desarrollo sustentable; al tiempo que se sitúa en defensa del laicismo en la educación y la cultura. El progresismo se define como tolerante con la diversidad religiosa y la inmigración.

La reciente tentativa de reunir a los comandos de Frei, Arrate y Enriquez-Ominami, parece culminar en una nebulosa polémica de descalificaciones y reyertas.  El problema sin embargo abarca cuestiones mucho más complejas. Debajo de cada progresismo, siempre se encuentran otros progresismos inesperados.

El problema político e ideológico del progresismo, sin embargo, es mucho más de fondo y es mucho más profundo: se trata de una constelación variada de actores que giran en torno a postulados que intentan reformar, modificar, mejorar el sistema de dominación neoliberal, incorporando dosis más o menos intensas de justicia social, de protección social y de políticas públicas con énfasis social.

Estos progresistas  aportan el adjetivo “social”, entre medio del sustantivo “economía de mercado”.

El progresismo chileno y latinoamericano es portador del virus neoliberal endulzado con políticas de protección social, pero adhiriendo invariablemente a los fundamentos del sistema de capitalismo neoliberal, mercantil y financiero que conocemos en América Latina.

El Estado de los progresistas -desde Collor de Melo y Cardoso en Brasil, pasando por Menem y Kitchner en Argentina, Lagos y Bachelet en Chile- es el mismo Estado subsidiario sometido y subordinado a las reglas imperativas del mercado, y entregado en última instancia a reglas fiscales estrictas, a una economía abierta a la exportación de materias primas y fragilizada ante los embates de las crisis internacionales.

Los ideólogos adoradores del mercado (grandes empresarios nacionales y poderosas corporaciones globales e internacionales y las clases políticas libderales y neoliberales que los acompañan y les sirven)  nunca habían obtenido tan gigantescas utilidades en tan poco tiempo, como en los gloriosos años del progresismo latinoamericano instalado en el poder político, al mismo tiempo que las diferencias sociales se vuelven más profundas y abismales conduciendo a un mayor enriquecimiento de los más ricos y a un empobrecimiento de las llamadas clases medias, mientras se intentó reducir la pobreza dura.

LA IZQUIERDA Y OTRAS IZQUIERDAS

Los más encendidos teólogos de la ideología neoliberal, aprovecharon la caida del Muro de Berlín, para anunciar el fin de la izquierda y el hundimiento final y definitivo del izquierdismo y del socialismo.   Debajo de la superficie del anuncio de Fukuyama del fin de la historia, estaba implícito el final del socialismo y del proyecto alternativo al capitalismo entonces triunfante.

Definir a la izquierda vendría a ser una suerte de intringulis, donde la discusión pasa o se desliza con demasiada frecuencia sobre el contenido ideológico y político del concepto y del proyecto, hacia un polémica inutil y encandilante acerca del otorgamiento del sello y timbre de izquierda que unos y otros se quitan y se niegan.

Si tantos progresistas se disputan por el tinte, sello y timbre de la izquierda, es precisamente porque se trata de una realidad política, ideológica y social y cultural imposible de evitar ni de negar. El primer punto de partida del debate acerca de la identidad de izquierda es acaso el simple concepto de que ésta se sitúa en una postura contraria y alternativa al orden capitalista y al modelo neoliberal de desarrollo.  El anticapitalismo es entonces uno de los conceptos claves de la definición histórica e ideológica de la izquierda, desde sus orígenes en el siglo XVIII y XIX.

Modernamente la izquierda aboga por un conjunto de otras demandas y aspiraciones ciudadanas, entre las cuales la defensa y preeminencia de la soberanía popular,  de la democracia y de la participación protagónica de los ciudadanos en el ejercicio del poder político.

La izquierda no puede “comulgar con las ruedas de carreta” del progresismo versión sudamericana (copia semi-fiel de la “tercera vía” europea…), simplemente porque la diferencia es una postura abiertamente contraria a la persistencia de este “modelo” de mercado, en tanto en cuanto es portadora de un proyecto político de profundas transformaciones sociales, economicas y politicas estructurales.

El progresismo mostró sus alcances y virtudes, en estos veinte o treinta años transcurridos, rompiendo el círculo de aislamiento en que habían dejado a este continente las dictaduras militares anteriores, abriendo las instituciones políticas a la democracia e instalando originales coaliciones de centro-izquierda para impulsar reformas, pero aparecieron tambien al desnudo sus limitaciones y carencias: el modelo de dominación socio-económico y político se consolidó; la sociedad cambió social y culturalmente, mientras permanecieron las mismas instituciones del pasado; volvieron las viejas prácticas corruptas,  mientras aparecieron nuevas oligarquías; la participación ciudadana resultó ser parcial e insuficiente y las desigualdades sociales, económicas y territoriales se agravaron y profundizaron.

Las sucesivas  crisis económicas recientes se llevaron los últimos restos de las creencias progresistas: el modelo de “capitalismo de desastre” de Milton Freedman y Friedrick Hayek ha fracasado en América Latina, tal como fue concebido originalmente allá en Estados Unidos.  El “modelo” ya no es modelo.

Si hay un aspecto ideológico central que diferencia al proyecto político de la izquierda (de las izquierdas contemporaneas) es precisamente su rechazo y su postura contraria al sistema de dominación capitalista.  Este es el nudo central del problema: la izquierda se opone al capitalismo en su conjunto, a su sistema económico y social de desigualdad, a su Estado de clases.

En síntesis, izquierda y progresismo, difieren sustancialmente en el diagnóstico de este modelo de desarrollo, en el tipo de matriz socio-política que postulan para avanzar hacia el desarrollo, en el modo de inserción internacional y de relacionamiento con el resto de América Latina, en el tipo de desarrollo sustentable que pretenden impulsar, en los cambios políticos e institucionales que impulsan y en el modelo de Estado que pretenden construir en la perspectiva del siglo xxi.

El Estado de los progresistas sigue siendo el Estado subsidiario de los neoliberales.

El Estado de la izquierda es un Estado nacional, democrático, representativo y cada vez más participativo, protagonista del desarrollo nacional y de las regiones.

En este proceso hacia los cambios necesarios, mientras el progresismo apunta a la desmovilización social, la izquierda apunta a la movilización social.

La izquierda se aleja del evangelio neoliberal y asume una postura en favor de un modelo de desarrollo en que el Estado adopta un rol activo, promotor y transformador, en que se da prioridad a la mediana y pequeña empresa, se devuelve a la nación las riquezas básicas y los servicios esenciales y se orienta al país a nuevas formas de inserción internacional y de integración regional.  Mientras el progresismo se apoya en el mercado dominante y en una democracia de baja intensidad, la izquierda postula la democratización del mercado, la democracia participativa, el fortalecimiento del protagonismo ciudadano en los procesos sociales, políticos y económicos.

No confundamos las cosas entonces.

Manuel Luis Rodríguez U.

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