Redes, cuerpos, imágenes: breve introducción para una sociología de la juventud en el siglo xxi

10 junio, 2010 § 1 comentario

PRESENTACIÓN

El presente ensayo tiene por propósito desarrollar un análisis sociológico crítico respecto de algunas cuestiones relativas a las formas de constitución de lo juvenil, abarcando, por una parte, una lectura diacrónica que permita dar sentido a las diferencias entre generaciones y, por otra parte, sincrónica, desenmascarando las lógicas productiva y cultural contemporáneas, tan estrechamente vinculadas a las formas de ser y aparecer adolescente hoy, prestando especial atención a los atributos novedosos de los sujetos a los que refiere y a los principales desafíos que se presentan para el análisis sociológico e interdisciplinario.

Punta Arenas – Magallanes, otoño de 2010.

INTRODUCCION PARA UNA SOCIOLOGIA DE LA JUVENTUD EN EL SIGLO XXI

El surgimiento del sujeto juventud, en tanto sector de población con características propias, es resultado del desarrollo de las fuerzas productivas en Occidente, consecuencia de la necesidad de la sociedad burguesa emergente de preparar a los individuos para su integración efectiva a la vida productiva y social de una sociedad con características distintivas de la feudal.

En efecto, en el período previo a la aparición social de la juventud, la familia constituía una unidad global de producción y reproducción. De seres humanos, fuerza de trabajo, de bienes y del saber acerca de ellos. “La división del trabajo, con base en la edad y el sexo, tendía cubrir las necesidades que se generaban alrededor del núcleo familiar. Los nuevos sujetos se integraban a la comunidad, asumiendo las tareas asignadas a la unidad doméstica, donde la relación que se establecía entre las generaciones se caracterizaba por la subordinación hacia el padre, única imagen de adultez.”[1]

En una perspectiva histórica, y guiándonos a través de la investigación de Philippe Aries,  “la juventud es el período destinado a la  educación para la vida activa, y en la sociedad moderna la educación es la base del desarrollo. … El foco debe estar en la nueva relación histórica entre individuo y sociedad, que se desarrolló en el siglo XVIII en la era pre-industrial y , más tarde, en la sociedad industrializada. … La juventud fue la respuesta al desarrollo productivo de la sociedad burguesa. El individuo burgués tuvo que desarrollar sus potencialidades individuales para encarar la vida productiva y política y para administrar sus propios intereses en esta vida. La juventud se desarrolló en el sistema escolar, que se volvió el principal agente del `desarrollo de las potencialidades individuales’. … La vida escolar es el contexto básico o crucial de la juventud”.[2]

Así vemos que, además,  que le juventud se isncribe en una relación de poder.

Según Ariés, “la construcción social de la juventud requería la aparición de otros conceptos: la familia o el espacio familiar y la infancia, verificables recién a partir del siglo XVII y solo en el seno de las clases altas durante su etapa inicial. Junto a la infancia, aparecerá una institución: la escuela. Infancia, familia y escuela permanecerán firmemente relacionadas.” La familia, “conformará un nuevo sistema de relaciones sociales que aparece casi como respuesta a la pérdida de la posesión de la tierra.

Este sería uno de los puntos de partida para el surgimiento de la familia burguesa.

El orden social emergente requerirá nuevas modificaciones a los individuos que pretendan desempeñarse con éxito, determinando la aparición de la juventud y su espacio privilegiado: la escuela secundaria”.[3] Surgirán, asimismo, en este período, diferentes instituciones extrafamiliares destinadas a facilitar la socialización entre pares, como espacio para la adquisición de los nuevos elementos necesarios para enfrentar un mundo renovado.

Estas transformaciones revolucionarias de la sociedad feudal hacia el capitalismo, modifican sustancialmente a las instituciones sociales preexistentes, dislocándolas y desarticulándolas. Las viejas pautas de trabajo y producción, la vieja familia como espacio de la producción y reproducción social y las normas y valores que la sostenían, poco a poco van cediendo lugar a las nuevas instituciones. Hay que recordar que en el primer momento de la revolución industrial en los países hoy desarrollados, cuando aún no eran necesarias la formación y capacitación que más tarde resultarán indispensables, los niños y las mujeres eran incorporados masivamente a las primeras fábricas, considerándoselos una mano de obra más barata que la masculina.[4]

Sin embargo, la constante expansión del sistema y del modelo capitalista y su gradual complejidad productiva, generan una diversidad de necesidades que demandan un período de capacitación y educación cada vez mayor para dar respuesta a ellas, traduciéndose, en consecuencia, en exigencia de escolarización de nuevos y mayores contingentes de individuos, previo a su desempeño en la futura asignación de actividades. Función, pues, de reproducción social, integración y adaptabilidad, pero, también, capacidad renovadora, y flexibilidad a las innovaciones y permeabilidad al cambio.

Por otra parte, “solamente cuando la estructura social hace posible los lazos directos entre los adolescentes, pueden estos desarrollar el sentimiento de particularidades propias y de una conciencia común… En los tiempos modernos, es únicamente la escuela la que, al distribuir a los jóvenes estrictamente según su edad, los aproximó y estableció entre ellos contactos estables e institucionales. Esta separación del mundo de los adultos explica el hecho de que en el círculo de jóvenes se expresaran y fortificaran las tendencias específicas de una misma edad, lo cual no podría tener lugar antes, ni podía haber sido imaginado por los jóvenes de ese tiempo. A esta conquista de libertad social, correspondió una nueva tendencia de los adultos a considerar tanto a los niños como a los jóvenes de acuerdo con su edad exacta, lo que entrañó en pedagogía la especificación de los programas y los métodos y, de una manera más general, llevó a reconocer una cierta personalidad propia”.[5]

En consecuencia, “la juventud surge en la medida en que el desarrollo social exige un período cada vez más largo de preparación de los individuos para su integración a la vida productiva y social, lo que a su vez posibilita una mayor integración intrageneracional, a partir de la estrechez de contactos y vínculos, producto de su situación semejante. Este período vital, caracterizado por el aplazamiento de la entrada en la vida productiva y social, y por tanto,  consignado a la formación, es lo que produce juventud como un fenómeno social”.[6] Es decir que, en un mismo movimiento, la exigencia de generar instituciones que permitan a los individuos transitar un período cada vez mayor y más complejo de preparación para su integración efectiva a la sociedad, da origen, a partir de las estructuras que se diseñan como respuesta, a una integración intrageneracional, en función de la proximidad creciente de pares. Se comprende, entonces, la identificación que se establece entre juventud y estudiantes, en la medida en que “la primera imagen de juventud, fue la del estudiante”.[7]

Vemos pues que la juventud aparece, en sus albores, como tópico de la modernidad y como respuesta a la necesidad de individuación de la clase burguesa y supone el desarrollo de la vida familiar y afectiva, de la niñez y de la escuela. La flecha del tiempo, nos muestra que, si en un primer momento, el sector de la “juventud” no era relevante numéricamente, su progreso es vertiginoso, en función del lugar estratégico que se le otorga en la nueva configuración social. Al respecto, podemos observar que en el siglo XVIII se consideraban jóvenes –no en el mero sentido cronológico, sino en el de individuos que adquieren una cierta condición especial que los agruparía en tanto “juventud”- solamente a los varones de clase burguesa, mientras que las niñas pasaban directamente a la condición de adultas dispuestas a ser desposadas[8].

Pero el desarrollo incesante de las fuerzas productivas no se detiene, y es así que “en los últimos años del siglo XIX pudo apreciarse una creación más general de escuelas para las masas de la población en Europa y los Estados Unidos y la abolición del trabajo infantil”[9].  Y al comenzar el siglo XX, vemos en todo su despliegue como “las iglesias y las nuevas fuerzas pedagógicas de maestros reformistas se dedicaron a la nueva adolescencia social y de acuerdo a edades”[10].

Fue, precisamente, en el pasado siglo XX, que un conjunto de cambios de singular importancia, sobre todo a partir de los años cincuenta van a comenzar a modificar sin descanso esta situación.

En efecto, el historiador Eric Hobsbawn sostiene que “entre los años 1945 y 1990 se produce una de las transformaciones sociales más intensas y rápidas de la historia de la humanidad”. En medio de ella, la familia se verá afectada por “importantes cambios en las actitudes públicas … evidenciándose el auge de una cultura juvenil muy fuerte que generará un profundo cambio en la relación existente entre las distintas generaciones”.[11]

Como un producto de estos cambios, la juventud se convertirá, gradualmente, en un grupo social cada vez más independiente.

EL PRESENTE COMO PASADO FUTURO: OTROS JOVENES

En el último cuarto del siglo XX, fuertes mutaciones económico-sociales incidieron para modificar la situación de los distintos actores sociales. La juventud, lógicamente, no resultó ajena a la influencia de tales cambios.

Un aspecto central de estas transformaciones es el impulso promovido por la Revolución Científico-Técnica (RCT), con la renovación extensa de los medios de producción y los medios de comunicación, producida a mediados de los años setenta, que conduce a una nueva reorganización productiva y genera las condiciones materiales en las que se asentará su contraparte cultural[12], que asoma y se asume como el ocaso de la modernidad o deberíamos decir, de la racionalidad moderna, sala de partos de la posmodernidad.

La clave posmoderna, expresa “la caída de los grandes relatos” que organizaban la racionalidad histórica moderna, bajo el imperio de los programas de la racionalidad y el progreso indefinidos, alrededor de proyectos políticos generacionales que resultaron ser, también, marcas de época y aportaban una visión de totalidad dadora de sentido a cada experiencia particular.[13] Este nuevo clima de época, devino en la generación de nuevas prácticas y subjetividades.

De este modo, y como manifestación de la crisis, asistimos a un vertiginoso proceso de cambio de valores y de patrón cultural de referencia, en el que debemos enfrentarnos a la pérdida de ideales constituidos históricamente, ante la emergencia del “pensamiento débil”[14] y del relativismo cultural. Y surge el llamado “nuevo narcisismo”[15], en el marco de un consumismo exacerbado que se transforma en razón social hegemónica, incentivando a la satisfacción inmediata y a la cultura de vivir el momento.

Mientras una cara de la moneda nos muestra el rostro de la transformación económica, el nuevo clima epocal, se manifiesta en variadas fórmulas posmodernas. Ideologías de cocktails y retazos, de collages interpretativos. La técnica de cut-up de William Burroughs elevada a categoría de ética pública.

Para algunos filósofos posmodernos, como Gilles Lipovetsky, la sociedad posmoderna esta sostenida por el consumo y la comunicación. En el nuevo narcisismo, “el individualismo posmoderno”, se caracteriza por el impulso de los deseos de autonomía individual, un repliegue de las personas sobre sí mismas, en persecución de sus intereses privados a fin de lograr una mejor vida para ellas mismas, del culto al cuerpo, a las relaciones y al placer[16]. Todo expresado en un conjunto de nuevos valores. Visto de este modo, se trataría de un cambio social y cultural, que encarna un neohedonismo fin de siecle, al que no habría mucho que reprocharle[17]. Un aporte interesante de Lipovetsky,  es su visión de la emergencia pública de este nuevo individualismo en los sucesos de mayo del 68.

Esta interpretación propia de los años ochenta, producida a cierta distancia de los hechos y desprovista ya del apasionamiento político, señala que, en aquellas jornadas de fuertes gestos revolucionarios, contra la sociedad de consumo, un régimen paternalista y la burocratización capitalista; junto a la muy ostensible e intensa actuación colectiva, y principalmente juvenil, no menos cierto es que “el movimiento se caracterizó por reivindicaciones y valores de esencia individualista que han pasado, frecuentemente, inadvertidos”.

Paradoja de los sucesos que Lipovetsky “descubre” e interpreta en nueva clave.

Esta otra cara de los acontecimientos “revelaba una explosión de aspiraciones y reivindicaciones de carácter explícitamente individualista y era, históricamente, la más significativa, aún cuando no se le prestase la debida atención, a causa, precisamente, de la importancia concedida al ingrediente revolucionario”(…) “[Mayo del 68] estuvo dominado no por un individualismo pequeño burgués, sino por un individualismo al que podríamos llamar transpolítico, en el sentido de que lo político y lo existencial, lo público y lo privado, lo ideológico y lo poético, el combate colectivo y la llamada al disfrute personal, la revolución y el humor aparecieron profundamente interrelacionados… Cambiar la vida, cambiar la sociedad y cambiar su vida, se expresaron al tiempo y traducían la importancia creciente que se concedía a las aspiraciones individualistas, a las demandas de satisfacción íntima y de independencia personal” (…) Finalmente, “No sólo el espíritu de mayo es individualista, sino que ha contribuido a su manera a acelerar la llegada del individualismo narcisista contemporáneo, despolitizado y realista, flotante y apático, indiferente a los combates de masa y a los grandes objetivos sociales”.

Pero este nuevo individualismo, ni encarna en términos semejantes, ni genera similares escenarios o expectativas, si de sociedades con fuerte desarrollo desigual se trata, hecho que Lipovetsky no resalta, situándose en una sociedad configurada por fuertes redes sociales. Sin embargo, es importante reconocer que “la historia del mundo más contemporáneo nos recuerda, por ejemplo, que hay más de una juventud, y que la diferenciación social, así como las desigualdades en cuanto a riqueza y empleo, ejercen aquí también su peso”.[18]

Para complicar más el panorama, la RCT, vino en parte acompañada por, y en parte a dar a luz, a una reorganización mundial del mercado de trabajo, también llamada globalización[19], que afecta a todas las relaciones sociales involucradas y no solamente a las económicas; tanto a aquellas comprometidas en forma directa en la producción, distribución y comercialización de los bienes, como las comprendidas en las estructuras del consumo. Y, en esta dimensión específica, se despliegan nuevos universos simbólicos que anuncian el advenimiento de una comunidad transnacional (globalizada) de consumidores de un mercado único.

Estratos sociales equivalentes de diferentes sociedades se mimetizan y pasan a tener mucho más en común, que diferentes estratos en cada una de ellas.

Distintas ciudades, como nunca antes, exhiben las mismas vidrieras y pantallas, los mismos bienes y mensajes. En todos lados, vemos las mismas publicidades y las mismas modelos. Y cómo han señalado diversos autores[20][21], en las sociedades modernas el consumo se torna un locus privilegiado para la generación de las diferencias y la disposición de la alteridad, es decir, para el trabajo de procesar la propia identidad. Y el lugar del consumir y del tener, se mimetizará con la posibilidad de ser.

Veamos ahora el topico desde el punto de vista de la globalización/mundialización y la crisis de las identidades.

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