¿Y si introdujeramos la palabra “felicidad” en nuestros análisis y reflexiones?

3 febrero, 2010 § 2 comentarios

Las categorías de análisis de las Ciencias Sociales son amplia y anchamente conocidas.  Desde la Sociología hasta la Economía, desde la Antropología hasta la Psicología, nuestras ciencias sociales modernas, incubadas, nacidas y crecidas en la matriz casi absoluta de la modernidad, permiten aparentemente a los científicos y nos permiten a los intelectuales, interrogar a la realidad.

El inventario de esos conceptos, resultado de varios siglos de trabajo intelectual, nos permite hoy construir diccionarios, formular hipótesis, construir teorías, elaborar modelos y ofrecer tentativas de explicación a los hechos sociales,  intentando acercarse cualitativamente a ese objeto inasible de las ciencias humanas que es el individuo y la sociedad.

Nos parece sin embargo pertinente situarnos en una perspectiva completamente distinta, acaso inesperada pero sugestiva, una perspectiva transdisciplinaria susceptible de cuestionar las categorías establecidas y de abrir un nuevo horizonte a la reflexión  ante la inmensidad agobiante del edificio de las ciencias sociales: ¿nos hemos interrogado suficientemente acerca del ser humano que se encuentra siempre siempre detrás de esos números, de esos porcentajes estadísticos, de esos conceptos abstractos que se refieren a conceptos que se refieren a conceptos que se refieren a conceptos…?

La pregunta tiene -a nuestro juicio- un profundo sentido epistemológico, cuando nos preguntamos por la felicidad de las personas en relación con los sistemas sociales, económicos y políticos en que las situamos.  ¿Son felices los ciudadanos (ahora transmutados en clientes o usuarios) con los resultados de las políticas públicas que fueron diseñadas para ellos?  ¿Fueron diseñadas para ellos?  ¿Son felices los individuos en sus vidas cotidianas, tanto en períodos de abundancia (esos breves instantes) o en períodos de crisis (esos largos momentos)?

ESA CATEGORÍA DE ANÁLISIS  QUE LLAMAREMOS  “FELICIDAD”

Aquí estamos probablemente instalados en el centro de la interdisciplinariedad e incluso de la transdisciplinariedad que tanto buscan las ciencias sociales.  Si la perspectiva interdisciplinaria de las ciencias sociales  permite la colaboración de distintas disciplinas en torno a un objeto de estudio, pero permaneciendo cada ciencia en su especificidad conceptual y teórica, la perspectiva transdisciplinaria permite no solo trasladar conceptos desde una disciplina a otra, sino además hace posible situarse en un nivel mayor de abstracción, pero utilizando y construyendo categorías de análisis que puedan ser comprendidas desde las distintas ciencias sociales involucradas. (Grawitz, M.: Méthodes des Sciences Sociales. Paris, 1990. Ed. Dalloz, pp. 374-377).

Todas las Ciencias Sociales en definitiva, en la búsqueda de la unidad y coherencia, aspiran a elaborar respuestas a los mismos tipos de problemas.  Si su formulación es diferente, como consecuencia del hecho que sus objetivos particulares difieren, aún en presencia de los distintos grados de maduración epistemológica, metodológica y teórica de cada disciplina, ello debiera ser un motivo adicional que impulse el cuestionamiento de las “fronteras disciplinarias” como barreras de separación.

La Filosofía aborda la felicidad desde el punto de vista de su concepto y de su realidad, en el conjunto de la existencia humana; la Psicología por su parte, enfoca el tema desde los factores endógenos que el individuo puede manejar para alcanzar ese estado; la Sociología, a su vez, se interroga y analiza los factores sociales que posibilitan o dificultan el logro de tal condición, al tiempo que la Antropología examina cómo las distintas culturas históricas han construido sus propios cánones respecto de lo que es la felicidad.

Podría entenderse la felicidad, para los efectos de este ensayo, como un estado de ánimo,  una condición interna de satisfacción y alegría,  una actitud ante la vida, caracterizadas por dotar a la personalidad de quienes la experimentan una sensación plena y creativa y un enfoque positivo del entorno en que viven y de sí mismos dentro de ese entorno.

LA FELICIDAD AQUÍ Y AHORA

Si la “felicidad” es un concepto que proviene desde la filosofía, ¿porqué no podemos reconstruir su formulación a la luz de la realidad que involucra a tantos individuos, para quienes la felicidad ajena es una fuente más de infelicidad propia?

¿Cómo podemos introducir, por ejemplo,  la categoría analítica “felicidad” en los parámetros de medición de satisfacción del cliente, o del usuario o del consumidor o del ciudadano, o en los índices de resolutividad de los problemas que supuestamente debe resolver la aplicación de las políticas públicas?

En el siglo de las depresiones, de las crisis sistémicas recurrentes y sucesivas, de los miedos desencadenados en todas las dimensiones de la vida social e individual, ¿porqué interrogarse por la felicidad de las personas podría ser inadecuado o impertinente?

¿No podríamos acaso construir una teoría de la felicidad social, resultante última de la felicidad individual de sujetos que viven en sociedad?  ¿Porqué la Ciencia Política, por ejemplo,  no podría interrogarse acerca de la relación entre la felicidad de las personas o los ciudadanos y las formas variadas de ejercicio del poder, de las que éstas son generalmente víctimas pasivas y no agentes protagónicos?  ¿Es usted feliz con el gobierno de turno y con las acciones realizadas por éste?  ¿Qué percepciones  o expectativas de felicidad posible tienen los individuos respecto de determinados lideres políticos en el poder?  ¿Porqué la felicidad de las personas, las familias, los grupos, no podría ser una meta explícita de los gobiernos, de las autoridades?

¿Qué régimen político soportaría un indice de felicidad de cada gobierno, con sus propios indicadores y parámetros de medición?

¿Habrán terminado de analizar los economistas la relación entre la felicidad de las personas y la posesión o no posesión de determinados objetos materiales o inmateriales?

PERO…

Los adoradores irreductibles de los números, dirían que estamos improvisando; los adeptos de la objetividad dirían que divagamos en la nebulosa de lo efímero; los sacerdotes del dogma dirían que estamos enojando a sus dioses y derribando las puertas de sus paraísos; los redactores de leyes inalterables y de prescripciones, dirían que estamos utilizando indebidamente un intangible;  los creativos de productos dirían de inmediato que puede inventarse un dispositivo electrónico susceptible de producirla; los seguidores de la subjetividad, dirían que les estamos robando una parte del secreto de su ejercicio psicoanalítico; los químico-farmacéuticos más enfermos del alma dirían que pueden crear una píldora eficaz; los respetuosos inalterables del orden y de las normas, dirían que estamos disparando bajo la línea de flotación del sistema y sus instituciones, pero sólo basta hacerle la insoportable pregunta a los ciudadanos (clientes, usuarios, beneficiarios, receptores…).

¿Es usted feliz? ¿Son las personas felices en este sistema?  ¿Qué sistema político o económico soportaría el cañonazo desestabilizador de una tal pregunta?

Manuel Luis Rodríguez U.

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